Escuchar lo real, lo inaudito, Galería Espora, 2024.
Fernanda Aránguiz.
Como la paciencia y la dulzura, la escucha es una potencia y una virtud. Esa disposición del ser para poner verdadera atención, más allá de lo sólo percibido, detenerse en la distancia de lo expresado por un otro. Qué acto tan mágico y milagroso somos, en tanto subjetividades, capaces de practicar.
Portentosa facultad, extraordinaria habilidad, percibe ese más-allá del lenguaje y de las palabras, orientándose a lo nunca oído ni esperado: Lo inaudito, O el otro nombre de la agotadora realidad (Francois Julien). Avanza hacia el desborde del lenguaje, a dejar que este re-aparezca, que se forme de nuevo. “Porque el problema no es que la lengua no sepa decir, sino que ya siempre esta ha cubierto: que ella encierra en lo ya dicho, ya codificado, esperado, escuchado –en lo ya oído.” (p. 17).
Seguir el condicionamiento de lo visto, oído y leído no es coherente con esta forma de la escucha. Es plantar semillas sobre pantanos; parchar con puentes la grieta; ir a la playa sin tocar el mar, rehuyendo de su profundidad. Es habitar lo real fuera de lo posible, buscar todas las certezas del mundo en soledad. Porque el otro no es sólo ese fuera-de-mí, sino también un sí-mismo que, en su sola existencia, abre y desborda, desconcertante, el marco de toda experiencia y toda realidad.
Escuchar, en cambio, es percibir lo otro desde la voluntad, más allá de lo inter y hacia lo intra-subjetivo. Es moverse a ese espacio leve y sutil de reconocimiento del otro en su pura e inagotable singularidad, por sobre la prolongación de lo mismo y del yo; quedarse entre el allá y el acá. Es ir directamente a lo real, al desborde de lo real, más allá de la fantasía y lo posible, mucho más acá de lo otro, hacia todo lo otro, hacia el silencio, hacia lo in-audito –hasta escuchar lo real.
Fernanda Aránguiz M.
Noviembre, 2023
Todas oportunidad, Centro Cultural Montecarmelo, 2024.
Diego Maureira.
Las ficciones sobre el futuro arriesgan una falta de correspondencia con el devenir de la historia, cuestión presente desde los inicios de este género y extrapolada por su faceta cinematográfica a lo largo del siglo XX. Si bien muchas veces este tipo de enfoque resulta inverosímil a la hora de tomar en cuenta las características que adquiere el futuro con el correr de los años, no ocurre lo mismo respecto a su contexto de producción. Esto se debe a que existe una incertidumbre intrínseca a cada época que gobierna como una bruma aquello que concebimos como lo venidero. Si consideramos este vínculo contractual entre presente y futuro dentro de los enunciados y modos de creación contemporáneos, Regar la grieta de Diego Silva, Florencia Varela y Felipe Pineda representa una línea divergente en torno a las posibilidades que alimentan los modos de imaginar el futuro. Desde hace algunas décadas los escenarios realistas que delinean el desarrollo de las sociedades industriales a propósito del mañana han optado por la distopía como su versión más ajustada al horizonte de las actuales condiciones planetarias. Una visión pesimista del porvenir allegada al avance sin retorno de un necro-capitalismo que promueve persistentemente inestabilidades de carácter crónico: desequilibrio desmedido del poder, corrupción ética, inequidad social, degradación medioambiental, entre otros efectos conectados internamente entre sí. Estos cristalizan en su conjunto la idea antiutópica de un futuro perdido. Sin embargo, frente a los estragos de lo aparentemente inevitable es la propia naturaleza la que revela a contracorriente su potencia múltiple y regenerativa. Considerando este estado de la cuestión, la responsabilidad de las ideas como acción y la transformación de las conductas sociales deben necesariamente encaminarse hacia un nuevo tipo de diálogo entre naturaleza y tecnología. No como una cadena de producción unidireccional que va desde la extracción de materias primas hasta la acumulación de desechos industriales: esta secuencia debe dar paso a un encuentro integrado de las partes que componen la producción en masa con el fin de generar un orden orgánico de relaciones interdependientes. La crisis permanente requiere de aparatos prácticos y simbólicos ubicados en las macro y microestructuras que engloban la red de relaciones que nos rigen. Dentro de este contexto el arte es una esfera discursiva susceptible a la amplificación de discursos cruciales que resuenan cada vez con más fuerza (recordemos las recientes protestas de Just Stop Oil en importantes museos del mundo).
En este sentido, Regar la grieta es una exposición partícipe de las circunstancias del presente,que propone un cruce de elementos operativos y simbólicos en torno a la sequía que afecta a comunidades y ecosistemas tanto en Chile como en el mundo. Consiste en una obra que aúna sinérgicamente el trabajo colectivo de tres artistas, dispuesta como puente entre un espacio de visibilización y eventos que ocurren de forma paralela a la muestra. De este modo, más que prefigurar las catastróficas versiones del futuro, optimiza el aquí y ahora de la obra para pensar destinos alternativos que escapan a la apropiación y explotación natural ocasionada por el ser humano. En otras palabras, propicia el contacto entre las formas de vida orgánicas y el desarrollo de la técnica, prescindiendo incluso de la propia intervención humana.
La exposición se compone de procesos y técnicas de orígenes disímiles, articuladas en dos segmentos que cohabitan en el espacio. En ambos podemos reconocer la idea de latencia vinculada a semillas que esperan las condiciones adecuadas para su germinación. Por una parte, en forma de gotas que caen del cielo hechas de tierra y arcilla (antítesis metafórica del agotamiento de los recursos hídricos); y por otra, a través de tres cuencos de cerámica que también contienen tierra y arcilla, sostenidos por estructuras de metal. En ambas piezas la presencia o ausencia del agua es un factor determinante para el desarrollo de las semillas que albergan silenciosamente en su interior. En el caso de los cuencos, estos además son receptores de aparatos vibratorios que generan rangos de movimiento de acuerdo a información térmica específica, extraída de tres localidades chilenas que experimentan sequías por causas ligadas a la explotación de recursos naturales −Petorca, Chillán y Copiapó−. La esperanza humana no encuentra su capacidad transformadora dentro de las dinámicas de aceleración mercantil y consumo exacerbado orientadas por la era del postcapitalismo. Incluso en su dimensión más comprometida está lejos de apuntar a los fundamentos estructurales detonantes del creciente colapso medioambiental, limitándose a alentar prácticas complacientes que buscan la satisfacción de una conciencia moral colectiva por sobre un impacto concreto en los ecosistemas hoy en día amenazados. La crisis climática nace de un tipo de relación con la naturaleza que concibe a esta última como un medio disponible para los fines humanos, obliterando sus formas adecuadas de preservación hasta el punto del agotamiento y la extinción definitiva. Regar la grieta propone el arte como escenario para transformar estos principios sistémicos y desajustar las lógicas de expoliación medioambiental, afirmando de paso el sentido global que debe guiar la construcción de nuevos futuros posibles, a partir de la puesta en marcha de toda oportunidad en el presente.
Diego Maureira
Armonías de Proximidad, Sala Anilla MAC, 2023.
Antonio Echeverría.
La instalación del artista visual y sonoro Felipe Pineda atraviesa diferentes aproximaciones en torno a la comunicación, la emergencia, y los deseos, a través de la acción, y puesta en escena de los cuerpos. En Armonías de Proximidad se devela un paisaje subterráneo, profundo y oscuro, en donde las preguntas se convierten en gestos, los gestos en pisadas, y las pisadas en torpezas. ¿Cómo nos comunicaremos cuando ya no sintamos de la misma manera?, si nos quedamos sin nuestras palabras, ¿cómo comunicaremos nuestros deseos?, ¿nuestros temores? En el sistema que el artista propone, en donde se cruzan diferentes dispositivos técnicos, que van desde las construcciones escultóricas rudimentarias, hasta el despliegue de mecanismos tecnológicos de iluminación y sonido, se perfila, y exige, la utilización del cuerpo de la audiencia a modo de catalizador de la instalación. Estos cuerpos, en la deriva de la oscuridad y el tiempo, intentan irremediablemente materializar sus gestos en un esbozo de luz y sonido, haciendo aparecer, en medio de estos sedimentos subterráneos, los más profundos y primitivos deseos de imaginar que cada encuentro, cada palabra dicha, cada abrazo, y cada dolor, quedarán para siempre en un lugar al que podemos volver.
Antonio Echeverría.
Por alguna razón no se dijo nada, Espacio Vilches, 2023.
Vania Montgomery
No hay sujeto sin secreto, así como no hay sujeto que no esté ligado a unos hechos. Pero éstos no son sino esquirlas de la gran explosión, que no cesa de detonar, a la que llamamos historia.
Pablo Oyarzún
La obra de Felipe Pineda habita los intersticios. Los fragmentos, captaciones y ondas que se abren en el espacio que queda entre cada umbral de acción, solidez y concreción física, mundana. En sus objetos, sonidos, palabras y estímulos, las tres obras aquí expuestas disponen distintas rutas, que se propalan de manera paralela, entre palpitaciones y resplandores que convergen y se revelan en los cuerpos de quienes recorren y se dejan atravesar por los ángulos de esta exhibición del autor, titulada “Por alguna razón no se dijo nada” y compuesta por tres trabajos elaborados en los últimos años, que hoy confluyen en Espacio Vilches: Escuchar lo que no se ve, Desentrañar de a poco y Confesión.
En Escuchar lo que no se ve, nos enfrentamos a la compactación material de minerales vueltos roca. La dureza y frialdad de este objeto que sobresale del muro nos presenta una salida de audio, que podemos escuchar con los audífonos allí dispuestos. Cada quien sabrá exactamente –o se quedará meditando sobre ello– qué es lo que infiere, evoca y descifra en esta sucesión de sonidos emitidos por ambos auriculares, junto a la luz que se proyecta en consonancia: latidos, descenso, inmersión, zambullido, burbujeos, aislamiento, son algunas de las impresiones que asoman desde el interior de este trozo matérico.
La roca, de aparente inercia, se remonta a procesos geológicos, físicos y residuales remotos, derivados de un pasado indeterminado a los ojos, pero que hoy y pese a ello, alberga lo que Pineda nos revela como sonidos interiores de un cuerpo, de tal manera que esta escucha y expectación puede ser análoga a la intimidad de un arrimo sobre la tibieza y suavidad de la piel de un vientre o a los latidos del corazón percibidos a través del pecho. Al alejar nuestros oídos, el sonido deja de ser audible y ya no escuchamos lo que no se ve, ni en la piel, ni en la roca.
En Desentrañar de a poco percibimos un sonido que se esconde bajo una mesa suspendida dede el techo de la sala. Al acercarnos, recordamos las primeras versiones y experiencias de sobremesa: escondidos bajo la estructura de madera, observando piernas y zapatos adultos, escuchando atentos sus conversaciones, suspendidos en palabras e historias sin contextos ni significados profundos en aquel escondite subterráneo. Aquí, esta obra del autor se aproxima con indicios sonoros, con ruidos e inscripciones que se sienten familiares, pero que se alejan bajo un halo espectral, tal como alguna vez lo hicieron esas sobremesas de la infancia.
Raspaduras de tenedores sobre la superficie, impactos de vasos y líquidos que se vierten, sonidos de platos y cuchillos. También, conversaciones reveladoras sobre secretos, que sin embargo, no llegamos a captar de manera precisa. Así, poco a poco, Pineda nos infiltra en el intervalo que separa los umbrales de revelar y enterarse de un secreto, en los vestigios que ondulan entre aquel espacio vacante y en la suspensión temporal de infancia, cuando nos metíamos bajo la mesa.
En Confesión, vemos un cartel lumínico led rojo frente a un banquillo vacío. Allí, iluminados por el correr de la digitación, leyendo las frases que siempre vienen a la mente y punzan desde dentro, previas a cada confidencia –en la dubitación, inquietud y titubeo de esos momentos preeliminares– aquella sensación universal se desliza en palabras escritas ante nuestros ojos, nos sitúa y hace padecer el albor de aquel filo y con su tonalidad iluminada, enciende la oscuridad de la atmósfera que habita la sala y resplandece sobre los rostros de quienes miran en silencio.
Antes de confesar y revelar cualquier contenido, pese a tener que necesariamente hacerlo ante un otro, se habita un estado solitario y hermético. Los enunciados anticipatorios que aparecen en esta obra de Pineda chocan con las paredes internas de quien padece lo que está a punto de enunciar, hasta llegar al límite de la boca y combatir una real salida. Con ello, en este trabajo evocamos nuestra propia ruta de confesiones accidentadas y volvemos a rememorar la delgadez del manto que nos separa entre uno y otro umbral de revelación.
Tantear el sonido orgánico desde una estructura inerte, asisitir al murmullo de un secreto camuflado a través de sonidos, raspaduras e impactos sobre la superficie horizontal que nos cubre y emplazarnos frente al momento previo y silencioso de una confesión, que aquí aparece enunciada en palabras que corren ante los ojos. Todos estos momentos de encuentros y desencuentros en la transmisión de un mensaje, de idas y vueltas en la revelación de una información y de flameos y oscilaciones en la escucha y vaticinio de un cuerpo que reverbera, son partes del intersticio sensible que Felipe Pineda logra condensar en esta exhibición, donde cada una de estas nociones impacta y moviliza distintos estratos en quienes miran, sin salir del lapso intermedio propagado por estas tres obras.
“Guardando algo en secreto lo protejo de la mirada, el deseo y la intromisión ajena, lo aparto de la esfera de conocimiento y de acción de los otros” nos dice Pablo Oyarzún, para luego agregar que si algo reclama ser guardado en secreto “es porque yo mismo, en mi singularidad irreductible, estoy con ello en juego, es porque allí despunta mi deseo; al guardar algo en secreto, me guardo (me protejo, me deseo) a mí mismo, me aparto yo mismo”. Así, en suma, no hay sujeto sin secreto y es precisamente aquel estado de intimidad el que estas tres obras reunidas en “Por alguna razón no se dijo nada” nos devuelve.
Vania Montgomery